La Comuna de París: una forma de gobierno de los obreros.

Raya Dunayevskaya

 

Extracto del Capitulo VI de Marxismo y Libertad, “La Comuna de Paris ilumina y profundize el contenido de Le Capital, Fontamara, impreso en Mexico, 2007

 

La revolución social que estalló en Paris el 18 de marzo de 1871 fue algo nunca antes visto en la historia. La traición de la clase gobernante requería que la civilización francesa fuera salvada por el proletariado. Unos pocos meses antes, Napoleón III había sido derrotado en la guerra franco-prusiana. La república burguesa que había tomado las riendas del gobierno estaba más asustada del Paris revolucionario que del ejército de Bismarck. Con la huida del gobierno a Versalles, el proletariado revolucionario alcanzó su momento histórico más alto: la remodelación de sí mismo como la clase gobernante.

 

Louis Blanqui, famoso revolucionario y dirigente de una fuerza armada secreta, había estado planeando la insurrección durante años, seria e incansablemente. Cuando la República de Francia dio señales de estar lista a entregarse a Bismarck, Blanqui lo intentó de nuevo, pero sin el apoyo de las masas, necesariamente el plan insurreccional de su grupo elitista, estuvo condenado al fracaso. En verdad, esta insurrección ocurre en el punto más alto de la revolución en ascenso, no viceversa y no como un complot.

 

El 18 de marzo M. Thiers, dirigente del gobierno reaccionario, ordenó a los soldados transportar el cañón de París a Versalles. Las mujeres que salían a ordeñar y estaban en las calles antes del amanecer, vieron lo que se avecinaba y frustraron los planes traicioneros del gobierno reaccionario. Cercaron a los soldados y les impidieron cumplir con las órdenes de Thiers. Aunque esa mañana todavía los hombres no habían llegado a las calles y aunque las mujeres estaban desarmadas, estas se mantuvieron firmes. Como en toda revolución popular real, despertaron nuevos estratos de la población, esta vez fueron las mujeres las que actuaron primero. Cuando sonó la diana, todo París estaba en las calles. Los espías de Thiers apenas escaparon con la información de que era imposible informar acerca de quienes eran los líderes del levantamiento, puesto que toda la población estaba involucrada.

 

Este acto de autodefensa de las masas parisinas fue también un acto de autogobierno. Así como el Segundo Imperio fue el resultado natural del gobierno parlamentario que había aplastado la Revolución de 1848, del mismo modo el gobierno parlamentario que había sucedido a Napoleón III tuvo una única función: ser el motor del despotismo de clase.

 

El primer acto de la revolución fue armarse. La gente armada se lanzó en contra de los organismos omnipresentes del estado –el ejército, la policía, la oficialidad– que eran una fiel copia de la división jerárquica del trabajo en la fábrica. Había nacido el primer Estado de obreros en la historia: la Comuna de París.

 

La Comuna estaba compuesta principalmente por blanquistas y proudhonistas. Pero los blanquistas llegaron a ser comuneros solamente porque desistieron de su plan insurreccional y se unieron a la ola de la revolución popular. Asimismo, los proudhonistas tuvieron que desistir de sus esquemas utópicos. El desarrollo de la producción en gran escala ya había debilitado la forma artesanal de trabajo que constituía la base social del proudhonismo. Ahora la Revolución de 1871 destruía completamente la filosofía proudhonista de “actividad no-política”. Los obreros parisinos que acababan de echar abajo la dominación burguesa se aprestaron a la tarea de gobernarse a sí mismos y establecer las condiciones de su trabajo. Todo esto se hacía mientras el enemigo estaba a las puertas de París.

 

El primer decreto del primer estado de los obreros fue la abolición del ejército. La primera declaración anunciando el tipo de gobierno político que había de establecerse es típica: “Todos los servicios públicos se reorganizan y simplifican”.

 

El pueblo armado aplastó al parlamentarismo. La Asamblea del pueblo no iba a ser un lugar de plática parlamentaria sino un cuerpo de trabajo. Aquellos que aprobaban las leyes también las ejecutaban. De esta manera no había división entre el cuerpo ejecutivo y el legislativo. La independencia simulada del judicial fue igualmente eliminada. Los jueces, como todos los demás representantes, debían ser elegidos y sujetos a la destitución, sin embargo, los representantes del proletariado todavía no constituían el proletariado como un todo. Por consiguiente, para asegurar el control sobre los representantes elegidos, también ellos estaban sujetos a la destitución. De esta manera, el poder permaneció siempre en manos de la masa como un todo.

 

El servicio público había de ejercerse con el mismo salario del obrero. De esta manera, se sentaron las bases de un gobierno poco costoso. Las divisiones jerárquicas del trabajo recibieron nuevos golpes, el decreto que separó la Iglesia del Estado abolió el control de la religión sobre la educación y estimuló la vida intelectual en todos los frentes. Fieles a su espíritu proletario, algunos distritos comenzaron inmediatamente a vestir y alimentar a los niños. La educación había de ser abierta y gratuita para todos. Aún más, la reorganización de los métodos educativos había comenzado con la participación amplia de todo el pueblo. El primer llamado se dirigió a los profesores y a los padres. Las instrucciones a los profesores fueron “emplear exclusivamente el método experimental y científico, que parte de los hechos físicos, morales e intelectuales”.

 

Los utópicos habían estado muy ocupados inventando formas políticas de gobierno; los anarquistas habían estado ignorando todas las formas políticas; los demócratas pequeñoburgueses habían venido aceptando la forma parlamentaria. Pero esta Comuna fue lo que los obreros lograron: aplastar la forma estatal de dominio del capital y suplantarla por una forma de autogobierno. Esta fue entonces “la forma política descubierta al fin para resolver la emancipación económica del proletariado”. Marx había deducido de la historia que la forma del Estado burgués desaparecería y el proletariado, organizado como clase gobernante, sería el punto de transición a una sociedad sin clases. El aclamó el heroísmo de los comuneros, estudió su forma específica de gobierno proletario y descubrió su secreto: “El gobierno político del productor no puede coexistir con la perpetuación de su esclavitud social”.[66]

 

La inseparabilidad de la política y la economía fue establecida por la Comuna con su propia existencia práctica. Su Comisión de Trabajo e Intercambio, formada principalmente por miembros de la Internacional alcanzó su logro más grande, no en los decretos que aprobó, sino en el estímulo que le proporcionó a los obreros para hacerse cargo de las cosas. Comenzó pidiendo a los obreros que reabrieran las empresas que habían sido abandonadas por sus propietarios y las pusieran en marcha por “la asociación cooperativa de los obreros empleados en ellas”. La finalidad era transformar la tierra y los medios de producción en meros instrumentos del “trabajo libre y asociado”.

 

Los talleres de la Comuna fueron modelos de democracia proletaria. Los mismos obreros nombraban a los directores, los capataces y administradores. Estos estaban sujetos a ser despedidos por los obreros si las relaciones o las condiciones resultaban insatisfactorias. No solamente fueron establecidos los salarios, las horas y las condiciones de trabajo, sino sobre todo, un comité de la fábrica se reunía todas las noches para discutir el trabajo del día siguiente.

 

De esta manera, simples obreros, bajo circunstancias de inigualable dificultad, se gobernaron a sí mismos. La Comuna, al ser el autogobierno de los productores, puso en libertad a todos los elementos de la futura sociedad. Marx lo describió como “París trabajando, pensando, luchando, sangrando –casi olvidando en su incubación de una nueva sociedad, a los caníbales que acechaban a sus puertas–, radiante en el entusiasmo de su iniciativa histórica”.[67]

 

El espontáneo estallido de masas que tomó la forma de la Comuna de París duró solamente dos meses antes de que los obreros parisinos fueran masacrados en uno de los terrores más sangrientos de la historia. Pero, en esos dos cortos meses antes del baño de sangre, los obreros realizaron más milagros que los que el capitalismo hiciera en muchos siglos. El más grande fue su existencia trabajadora. Abolió el ejército y a su vez armó al pueblo, hizo añicos al burocratismo del Estado, puso a los funcionarios públicos a sueldo de obrero y los hizo estar sujetos a la destitución. Abolió la división del trabajo entre el legislativo y el ejecutivo y transformó al Parlamento de un organismo demagógico en uno de trabajo. Creó nuevas condiciones de trabajo. En todos los frentes, la iniciativa creativa de las masas había asegurado el máximo de actividad para ellas y el mínimo para sus representantes elegidos. De esta manera, acabó con el fetichismo en todas las formas de gobierno: económico, político, intelectual.



[66] La Guerra Civil en Francia. (Incluida en Obras escogidas, tomo II). (En español también se encuentra en Obras escogidas, Op.cit. Tomo II).

[67] La Guerra Civil en Francia.