PALABRERÍAS Y MÁS PALABRERÍAS ALREDEDOR

DE LA MUERTE DE ALFONSO CANO

 

Son repetitivos los sermones sobre la paz que se dicen y escriben en todos los medios de comunicación cuando cae en combate un dirigente revolucionario, con un despliegue desproporcionado para hacerle creer a la opinión pública que fue un éxito de las fuerzas militares del estado colombiano cuando es el resultado de las delaciones de miembros de la guerrilla que se dejan comprar por las altísimas recompensas ofrecidas por el estado, sistema establecido desde el primer día del gobierno de Álvaro Uribe Vélez, por lo que ahora se conoce a Colombia como un país de sapos, ciudadanos indignos que defienden la institucionalidad por dinero y se vuelven contrarrevolucionarios sin haber entendido los propósitos de la revolución por las recompensas.

La recompensa de la traición es otra traición como sucede en los oscuros mundos del narcotráfico o en los mundos descompuestos del estado burgués que paga la traición del mercenario  con la cárcel o con la extradición. ¿Qué se puede esperar de un estado que paga por el asesinato y por la desmembración del cadáver  de un dirigente revolucionario?

En los últimos años las Farc han perdido en diferentes circunstancias algunos de sus más connotados dirigentes. Jacobo Arenas, Manuel Marulanda Vélez, Víctor Julio Suárez Rojas, alias Jorge Briceño Suárez o el Mono Jojoy, Iván Ríos, Raúl Reyes y Alfonso Cano. Con alegría desbordada el estado colombiano celebra esas muertes, y más con el deseo que con el análisis político e histórico, despliega el palabrerío de sus políticos, de sus editorialistas, de sus columnistas en sus periódicos y despliegan a los cuatro vientos, a cada  muerte que se sucede que es el fin de las Farc, que la paz está cercana y que la desmovilización de las estructuras armadas revolucionarias es la única salida que le queda a la insurgencia.

Nada más alejado de la realidad. El proceso histórico colombiano se conoce de sobra pero se soslaya su interpretación con el propósito de desconocer las consecuencias de unos hechos que han sido responsabilidad de los gobiernos para hacer responsables de sus consecuencias a los grupos armados. El gobierno ha querido y buscado la paz pero los grupos armados se han opuesto a ella.   

Los últimos cien años han sido cien años de guerras. Con la guerra de los Mil Días, desatada por dirigentes de los partidos liberal y conservador se inició el siglo XX. Después vinieron las guerras para sostener los gobiernos minoritarios de Olaya Herrera en 1930 y de Mariano Ospina Pérez en 1950, terrorismo de estado que tuvo como resultado el largo periodo de la Violencia en Colombia, el surgimiento de las Guerrillas Liberales del Llano y de las guerrillas comunistas de Tirofijo, aún vigentes y actuantes, y otras guerrillas que han venido desmovilizándose y diluyéndose entre el pantano de la democracia burguesa.

Para terminar con todas esas guerras se han adelantado conversaciones de paz, se han suscrito pactos de paz y se han producido desmovilizaciones.

La respuesta de los gobiernos ha sido la traición. Las guerrillas del Llano se desmovilizaron y su comandante Guadalupe Salcedo fue asesinado. El Frente Nacional fue un pacto de paz entre los dirigentes liberales y conservadores que utilizaron a los pueblos liberal y conservador para que se mataran entre ellos, y luego, estos liberales y conservadores rasos que habían tomado las armas por instrucción de sus dirigentes políticos fueron tratados como bandoleros por los gobiernos del Frente Nacional, y fueron asesinados o encarcelados. Traiciones que le negaron toda posibilidad a la paz. Razones poderosas y seguramente muy conocidas llevaron al dirigente liberal, Otto Morales Benítez, a hablar de los enemigos agazapados de la paz. La paz se opone al negocio de las armas, mayor negocio que el negocio de las drogas y por eso la paz es imposible.

En medio de ese proceso de guerras por intereses partidistas surgieron las guerrillas comunistas y revolucionarias inspiradas en los procesos revolucionarios que aparecieron después de las dos guerras mundiales. La revolución rusa, la revolución china, la revolución Vietnamita, las revoluciones anticolonialistas de África y la revolución cubana.

Con estos nuevos ejércitos del pueblo el ejército del estado colombiano ha propuesto  pactos de paz y todos han sido traicionados. Estos ejércitos del pueblo han olvidado el asesinato de Guadalupe Salcedo que dirigía un ejército que sólo pretendía defender al pueblo liberal de la violencia del gobierno conservador. Con mayor razón sería traicionado el ejército del pueblo cuyo propósito fundamental era derrotar al ejército del estado y construir una nueva sociedad.

Desde el gobierno de Belisario Betancur se han intentado suscribir pactos de paz y todos han sido traicionados. ¿No es una traición haber liquidado a la Unión Patriótica, una propuesta política, por medio de las armas del paramilitarismo aliado con el ejército del estado, por el éxito obtenido en las urnas? ¿No es una traición haber asesinado muchos dirigentes de otras organizaciones armadas revolucionarias que aceptaron hacer política dentro de lo establecido por las normas de la democracia burguesa?

No ha podido esclarecerse cuál fue el motivo para la invasión a Casa Verde, cuartel principal de las Farc en el Meta en diciembre de 1990, en vísperas de la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente de la cual surgió la nueva constitución de 1991, meses durante los cuales se estaba considerando la participación de los dirigentes de las organizaciones revolucionarias armadas que se habían desmovilizado. Las Farc estaban considerando su participación pero sin entregar las armas.

Si la guerra es la política por otros medios y a los revolucionarios se les impide ejercer la política, a los revolucionarios no les queda otro camino que hacer la guerra. Vale la pena precisar que ha cogido vuelo y aún aceptación entre organizaciones revolucionarias que la lucha armada de los pueblos ha perdido vigencia. Sin embargo la historia enseña que las armas son indispensables no sólo para tomarse el poder sino para conservarlo. Los imperialismos de todas las épocas han utilizado las armas para dominar el mundo, para imponer sus concepciones religiosas, sus ideologías y sus formas de organización mundial con la máscara de la democracia. El imperialismo del siglo XXI utiliza las armas para apoderarse de las riquezas del mundo, y ahora de las fuentes del petróleo, prueba de lo cual son las invasiones a Irak, a Afganistán y a Libia y la utilización de bases militares en aquellos países bajo su dominación ideológica y política que permiten que los ejércitos nacionales y su territorio sean utilizados para hacer la guerra al narcotráfico y a los movimientos armados revolucionarios, sin abandonar la idea de utilizarlos para la invasión de aquellos países que intentan defender su soberanía. Clausewits entendió que la guerra es la continuación de la política por otros medios y Foucault la reactiva y reafirma al describir la política  como la continuación de la guerra por otros medios. El poder del estado hace la guerra por medios políticos y esa es la justificación de la permanencia de los ejércitos para contener, reprimir y sofocar a los movimientos populares y para asesinar a sus dirigentes.

La paz mundial no será posible sino cuando todos los seres humanos disfruten de las maravillas de la existencia digna, “el gozar y el hacer gozar de la existencia” como lo expresa Michel Onfray en su libro Política del rebelde.

Las páginas del libro de Onfray son una denuncia cruda y verdadera del infierno sobre la tierra en que viven los seres de la calle privados de lo más elemental para la supervivencia, condenados de la tierra como los llamó Franz Fanon. Condenado es el que no tiene nada fuera de sí mismo y vive exclusivamente en la modalidad del dolor de las necesidades vitales y animales: primero comer, beber, luego dormir y protegerse de la intemperie. Nada más. Son los que disputan el alimento de las ratas y los perros callejeros, los gatos perdidos y la chusma. Se definen por el imperio que sobre ellos ejercen las necesidades y la urgencia por satisfacerlas, condición indispensable para que haya vida.

Mientras exista un solo ser humano sobreviviendo en esas condiciones la paz mundial es imposible y Colombia está repleta de esos condenados a quienes no se tiene en cuenta para construir la paz.

Noviembre 14 de 2011